El hip hop nació para incomodar y en Chile, prendió en dictadura porque la palabra era el último territorio libre; por eso hoy, cuando el país se tensiona entre Kast y Jara, es una burla que algunos sigan proclamándose “hip hop real” mientras presumen neutralidad, denominándose apolíticos, como si la pobreza, la represión y el patriarcado fueran opcionales. Marx dijo que “la lucha de clases atraviesa toda historia”, Freire afirmó que la neutralidad es complicidad y Bakunin advirtió que quien calla ante el poder lo reproduce, mientras las voces contemporáneas nos recuerdan que la cultura también es disputa: Butler señala que el género es performativo y político, Davis que la indiferencia sostiene al opresor, Mbembe que la violencia define quién puede vivir plenamente. Ahora, si pienso en algún rapero, Subverso lleva décadas diciendo que el hip hop no es moda sino conciencia de clase, que el MC tiene la obligación de incomodar al opresor y no de bailar con él, Anita Tijoux insiste en que la rabia es también una forma de amor político, que la palabra debe abrir grietas, no maquillarlas. ¿Cómo puede alguien llamarse hip hop mientras reproduce violencia de género, evade responsabilidades, no paga pensiones, maltrata, silencia abusos o se esconde detrás de un supuesto “apoliticismo” que solo le sirve al status quo? ¿Cómo puede rapear sobre “realidad” sin enfrentar los privilegios, los machismos y la desigualdad estructural que golpea a los mismos barrios que dicen representar? Olvidar el origen del hip hop —un movimiento nacido contra el racismo, la pobreza, la represión y el patriarcado, es traicionarlo; porque un rapero sin postura no es neutral: es funcional y un esclavo del sistema que el hip hop vino a romper. Por tanto, llamarse hip hop, sin tener una postura política es ser un traidor.
